
Se puede decir que Inglorious Basterds es la cúspide de su carrera, su punto más alto: al apreciar esta obra, se puede ver a las demás películas como un ensayo de lo que aquí habría de verter. No es que aquellas sean inferiores (nadie que haya visto Pulp Fiction o Kill Bill podría decirlo), sino que en Basterds se nota una dirección segura, de quien sabe exactamente lo que sabe y lo que quiere. Ya no estamos ante el Tarantino inmaduro, ni ante el grandilocuente, estamos ante un artista que ha sabido hacer de su peculiar cosmovisión la mejor expresión cinematográfica. Aquí todo está equilibrado. Abre con una pieza de cine clásico, hace del plagio homenaje (y uno muy bueno). Nada de chistes vulgares, ni de alemanes hablando inglés para satisfacer a un público mediocre y huevón.
Dos individuos hablan en el contexto de una Francia ocupada por los nazis. Uno esconde algo, el otro lo descubrirá valiéndose de su encantadora e incómoda oratoria, que no sirve para otra cosa que para crear tensión, tensión que irá aumentando hasta llegar a un primer clímax arrollador, para después cortar la escena dejando en el espectador una cara de idiota. Después de esta primera lección, Tarantino entra a lo que mejor conoce: personajes rayando en la caricatura (en este caso un genial Brad Pitt), verborrea punzante y planteamiento de la vendetta. Hitler entra a escena, el dictador grita y berrea, sin duda la imagen más ridícula que el cine gringo ha visto. Estructura el capítulo a base de flashbacks, a la vez que presenta a sus entrañables bastardos pateando (y bateando) traseros nazis; Danny “El oso judío” Donnowitz y su mortal bat, Hugo Stiglitz, el alemán rebelde (cuya historia es presentada frescamente en una cápsula conducida por la entrañable voz del actor fetiche de Tatantino, Samuel L. Jackson) y el apache Aldo Raine. La cámara va de Brad Pitt al alemán, de este al traductor, y de regreso, casi un chiste cinematográfico de ejecución impecable. Los capítulos que han de seguir, van juntando los elementos que han de converger en el explosivo clímax y en el final inesperado: una judía huérfana en busca de venganza, un héroe de guerra nazi, Goebbles dirigiendo una cinta, un crítico de cine inglés al lado de los bastardos.
Cada escena esta tan bien estructurada que es imposible evitar la tensión que va creando, sentir el corazón palpitar ante cada escena violenta. Todas terminan en verdaderos festines de balazos y sangre. Es como si Tarantino le hiciera el amor a su obra: conduce la acción pasivamente durante minutos y minutos, haciéndola crecer gradualmente, para que todo termine en geniales tres segundos, donde mete lo más que puede de excesos, y después corta la escena sin que el espectador crea el éxtasis que acaba de experimentar. Al final, hay venganza no solo de los personajes, sino de toda una raza, de la historia misma. Qué importa que Hitler no haya muerto en la vida real; si el arte nos permite hacerlo, adelante entonces.
Todos los elementos de esta película encajan a la perfección. El cuadro actoral cumple con creces, sobresaliendo el antes desconocido Cristopher Waltz en su papel de Hans Landa, un verdadero hijo de puta que eriza la piel en cada aparición. También Brad Pitt, quitándose su imagen de niño guapo hollywoodense y demostrando que es un gran actor. La edición marca el ritmo correcto para cada capítulo. Así, queda una película perfecta, grandota, grandiosa, violenta, artística, entretenida, graciosa y dramática. A fin de cuentas, no queda otra sino darle razón a la megalomanía tarantinezca que acaba su película diciéndole al público: “Creo que esta es mi obra maestra”. Sí señor.











