
Ryan Bingham se despierta en algún hotel de Estados Unidos. Viste su costoso traje, impecable. Guarda la poca ropa que carga, algunas playeras, corbatas, camisas, todas iguales. Empaca en su maleta todo lo que carga en esta vida: ropa, algún que otro objeto, nada muy pesado ni muy grande. Contrario a todos los que sufrimos para cerrar una maleta después de meterle mil madres, Ryan cierra la suya sin molestia alguna. Se dirige al aeropuerto, toma la fila más accesible (ni viejitos ni niños, sino gente de negocios, como los japoneses). Se quita al instante todo metal que carge, se descalza, pasa por el detector... y procede a acomodar todo de nuevo. Ryan toma su vuelo, llega a la ciudad donde ha de despedir a alguien, pues ese es su trabajo: decirle a algún pobre desdichado que ha perdido su empleo, que vuelva a la calle y vea qué hacer de su vida; o bien podría llegar a la ciudad para dar una de esas conferencias que le han dado prestigio, donde enseña el gran valor de evadir los compromisos y "vaciar la maleta". Va a su hotel, probablemente conseguirá algún ligue y tendrá sexo. Al otro día despierta, acomoda sus cosas y vuelve a la misma rutina, vuelve a casa: el avión, el cielo mismo. A su manera, Ryan Bingham es feliz.
En su tercer largometraje (después de la divertida Gracias por fumar y aquella delicia que es Juno), Up in the Air (bautizada estúpidamente como Amor sin escalas), Jason Reitman cuenta la historia de Ryan Bingham, un individuo que se la vive en aviones, aislado de cualquier contacto humano real, salvo su jefe y dos hermanas a las que a penas ve; hasta que a su vida llegan dos mujeres: una joven que aprenderá las malas artes de despedir a la gente, y una rubia madura que se volverá su amante constante. El problema es que cuando Ryan deja entrar a estas dos féminas, surgirán sentimientos más profundos y complejos que su frívola felicidad (¿será que mientras más ignorantes, pendejos y egoístas somos más felices?).
La cinta tiene varias lecturas, y debajo de la ligereza con que su director la lleva (gracias también al gran carisma de George Clooney en el personaje protagonista, amén de las buenas actuaciones de las acompañantes y del excelente soundtrack), se desatan varias reflexiones que giran en torno a la economía, el supuesto progreso, la vida moderna y la sociedad en general. Por una parte nos damos cuenta de la facilidad con que manejamos nuestra vida hoy en día: todo está mecanizado, somos las tarjetas que cargamos en nuestra cartera, buscamos constantemente el estatus, ovlidándonos que la vida no es lo que aparentamos, y que podemos tener el mayor número de tarjetas de bancos, clubes, hoteles, pero en la noche, cuando estámos con nada salvo la almohada, ese sentimiento de soledad nos seguirá carcomiendo el alma. Además, enfrentémoslo, detrás de la burocracia que se encarga de manejar todos nuestros asuntos, de los bancos que cuidan nuestro dinero, de los millones de personas que desfilan cual robots por las plazas comerciales comprando y comprando y comprando aunque no tengan trabajo; es decir, detrás de todo lo que el capitalismo se ha encargado de vendernos como "progreso", está la semilla de la destrucción humana, la alienación, la deshumanización.. Poco a poco, el ser humano globalizado se vuelve incapaz de crear lazos sentimentales a largo plazo, viviendo así una felicidad virtual: un verdadero vacío existencial.
De esto se da cuenta el personaje de Clooney, de que en realidad es como un aeropuerto: a penas un lugar de paso, efímero para la mayoría, sin una vida de verdad, sin preocupaciones ni lazos sentimentales. Y que, mientras más gente se involucra, más dañado puede salir uno.
Uno de los aciertos de Up in the air, aunque deje insatisfecha al gran público, es el triste final. Ryan, después de haber tratado en vano de vivir la vida como merece y de sufrir por lo mismo, tiene que enfrentarse de nuevo al maldito avión. Pero ya no hay oportunidad de volver a su feliz comodidad, pues ya se dio cuenta que allá afuera, en el piso, hay sentimientos más complejos y profundos. De todas formas, el viaje vale la pena, pues los recuerdos de una vida mejor ahí quedan. A fin de cuentas eso es la felicidad para muchos: destellos de luz en medio de la oscuridad.
Hola, gracias por tus visitas, ya te he enlazado.
ResponderSuprimirBuen comentario, desde luego es una pelicula que tiene bastantes lecturas, y apunta desde luego a la deshumanizacion de la civilizacion. Personalmente me encanta ese final, que reconduce lo que por otra parte se estaba poniendo un poco pasteloso, pero en global, creo que merece la pena.
Un saludo!