domingo 4 de julio de 2010

Miracleman "La dictadura buena de los superhombres". (Utopía de Alan Moore Parte I)

Seguimos con la serie de post donde abordaremos el discurso de la utopía en la obra de Alan Moore. El primer cómic al que nos meteremos de lleno es Miracleman.

1. La historia de un superhombre

El personaje de Miracleman surge en los 50, siendo una imitación de Superman y Capitán Marvel, pues se trataba de un individuo que, gracias a los poderes que le brinda un astrofísico gigante, al pronunciar una palabra “mágica” se convertía en un hombre con superpoderes. La palabra “Kimota” es un acto de habla que, una vez establecido el contrato de significación y de coherencia dentro del mundo posible del cómic, tiene el poder de darle a Mike Moran capacidades sobrehumanas.

Miracleman contaba con dos ayudantes-amigos: Young Miracleman y Kid Miracleman. En el primer número que escribe Alan Moore, se hace un homenaje a los comics de los 50, donde las tramas eran infantiles, fantásticas y se sobre explicaba cada acción, aún cuando el dibujo lo evidenciaba. Es por ello que, con el antecedente de Alan Moore como innovador del medio, resulta extraño encontrarse con una historia que remite a un modo de escribir comics bastante limitado; sin embargo, una vez que se introduce una frase de Nietzsche y más aun, cuando se termina la obra en su totalidad, se comprende que es un homenaje a toda la tradición que lo forjó y ha forjado durante su vida.



Moore replantea totalmente al personaje, e incluso se burla de lo infantil que suena la historia original o el nombre de sus acompañantes (“¿Y quién más estaba? ¿Miracledog?”, pregunta la esposa de Mike Moran en todo de guasa). Sin embargo, le da una nueva explicación: en los 50, un científico desarrolló el proyecto Zaratustra (de nuevo la referencia a Nietzsche) en el cual, con base en inteligencia extraterrestre, se modificó a huérfanos para crear entes superpoderosos, casi divinos. Las personas tendrán su ciclo de vida normal, pero en cuanto pronunciaban la “palabra mágica” eran sustituidos por un alter ego superpoderoso. Para justificar ante los hombres modificados tal fenómeno, les introducen en la memoria recuerdos infantiles que, curiosamente, están inspirados en comics de los 50. Con este elmento metalingüistico, se habla del comic desde el comic mismo, y de hecho se vuelve un juego narrativamente muy ingenioso, pues mientras en sus orígenes Miracleman fue un casi plagio de Superman y el Capitán Marvel, aquí Moore, en un acto de genialidad, los pone como los personajes que inspiraron los recuerdos infantiles de los personajes.

Cuando el proyecto Zaratustra se sale de control, deciden eliminar a la triada de superhumanos (Miracleman, Kid Miracleman y Young Miracleman) con la explosión de una bomba; pero el único muerto sería Young Miracleman. Mientras que Miracleman olvida todo y se queda como Mike Moran con esposa y vida nueva; Kid Miracleman, alter ego de Johnny Bates, aprovecha sus capacidades para sobresalir como un empresario muy importante. Cuando Moran se reencuentra con Bates, se da cuenta de que en realidad nunca dejó de estar encarnado en Kid Miracleman, por lo que ha desarrollado sus capacidades y se ha corrompido a tal grado de volverse un adicto del asesinato. En las imágenes de Garry Leach, se presenta a Kid Miracleman como un demonio, por lo cual es identificable inmediatamente con una imagen universal de la maldad. Si, para Teun Van Djik, todo texto tiene una superestructura que corresponderá a las formas propias de cada tipo de discurso, aquí encontramos una confrontación clásica entre bien y mal que será llevada a sus últimas consecuencias.

2.2. “Fuimos al infierno y descubrimos el precio del paraíso”

La última parte de Miracleman, en donde se aborda directamente el discurso utópico, es narrada por el protagonista cinco años después de los eventos que se relatarán y lo podemos observar en un palacio hablando del mundo perfecto en el que vive.

Después de una serie de vicisitudes (entre los que se encuentra el nacimiento del hijo de Miracleman, la reclusión de Kid Miracleman dentro del cuerpo ido del niño Johnny Bates y la muerte de Mike Moran para la única existencia de Miracleman), en el penúltimo número escrito por Moore, se da una batalla de proporciones bíblicas (literalmente hablando) entre ambos personajes.

Cuando Miracleman derrota a Kid Miracleman por primera vez, el villano queda encerrado en el estado cognoscitivo del niño Johnny Bates, donde acosa al pequeño niño con el fin de que le permita liberarse. Aún cuando Bates se resiste e incluso logra prescindir de su super alter ego, los niños del hospital en el que se encuentran abusan de él y, en el momento en el que lo violan, Johnny no puede más y libera a Kid Miracleman. De repente todo se torna blanco y Kid Miracleman se dedica entonces a degollar o a explotar a sus abusadores, en viñetas que contienen una exacerbada violencia.

Mike Moran, por su parte, al darse cuenta del fracaso que es su vida siendo un ser humano común y ante el inminente fracaso de su matrimonio, decide suicidarse con el fin de que Miracleman sea el único que ocupe su lugar en el espacio. Vemos aquí uno de los rasgos que después serían más identificables a la hora de abordar el discurso utópico: aquellos que habrán de traernos la paz, la concordia, son seres humanos que deben trascender a su propia humanidad, volviéndose entes casi divinos: superhombres tanto en lo físico como lo ético (nietszchianamente hablando, pues). Sin embargo, esto siempre conlleva perder rasgos endémicos del ser humano: ciertos valores, aficiones. Es decir, para volverse cuasi dioses y ser guías de la humanidad, los personajes de Moore deben, irónicamente, renunciar a su propia humanidad.

Cuando Miracleman regresa a la Tierra, después de algunos viajes por el espacio en lo que fue una buena historia de ciencia ficción (contrapuesta en los comics con el crudo desarrollo de la tragedia de Johnny Bates y su Mr. Hyde Kid Mircaleman); se encuentra con un Londres destruido, con miles de muertos por todos lados: cabezas cercenadas, cuerpos apilados, edificios en llamas. Es Kid Miracleman. Uno a uno, los amigos extraterrestres de Miracleman usan sus poderes para retener al villano, pero éste evade todos los obstáculos pues la fuerza que lo guía es la maldad pura, la destrucción por la destrucción y lo único que quiere es darle en la madre a Miracleman.

Por fin, la pelea se da, en uno de los juegos narrativos más interesantes dentro de la obra de Moore: la batalla se vuelve tan mítica que los colores empleados en los dibujos se tornan sepia, y rompe con la narración lineal para identificar dicho encuentro como algo épico. Pero va más allá, en cada viñeta describe las interpretaciones que forjarían seis escuelas de pensamiento y religiones del futuro: en la primera, los “integracionistas transtemporales”, sostienen que Miracleman fue teletransportado a su propio pasado para luchar consigo mismo y corregir algunos errores, la tesis que se desprende de ahí es que “uno debe enfrentarse a su propio pasado antes de superar la adversidad”. En otra, Miracleman y Kid Miracleman se encuentran jugando ajedrez sobre una pila de cadáveres: he ahí a Alan Moore usando el discurso del eterno conflicto entre bien y mal, de Dios y el diablo, de Thor y Loki, pero siempre dando énfasis en el carácter divino de sus personajes.

Al final, Kid Miracleman es derrotado, y regresa a la mera consciencia del pequeño niño Johnny Bates, quien llora desconsolado en los brazos se Miracleman. Mientras éste lo abraza y le promete que todo estará bien, en la narración su pensamiento se devela: “Lo abracé hasta que se detuvieron los temblores, y seguí abrazándole hasta que se enfrío”. Nótese que Alan Moore jamás emplea la palabra muerte, otorgándole al espectador la capacidad de interpretar algo tan sutil e incluso macabro como la muerte de un niño de 12 años e los brazos de aquel que será el salvador de la humanidad.

Moore dedica páginas de pura ilustración donde el mensaje es la imagen misma, sin necesidad de cuadros de diálogo o pensamiento: muerte y destrucción, una madre camina sin ojos, con los brazos cercenados y sus dos hijos al lado igualmente tuertos, mientras un anciano y un joven comparten la lanza que atraviesa sus cabezas. Atrás, Londres se incendia. Las palabras que prosiguen poseen una fuerza ilocutiva tan fuerte, que deben reproducirse completas:

“Estos pastos de carnicería nos sirven de recordatorio, de memento mori, no permitiéndonos jamás olvidar que, aunque el Olimpo llega a los mismos cielos, en toda la historia de la humanidad nunca hubo un cielo, una morada de los dioses… que no se construyera de huesos humanos”.

“No hay morada de los dioses que no se construyera sobre huesos humanos”, es la preposición que puede derivarse de lo anterior. Y bien vale la repetición pues, en la obra de Alan Moore (especialmente en ésta y en Watchmen), no hay una utopía que no haya sido construida sobre cadáveres, que no conlleve un gran costo humano, que no suceda al genocidio. He ahí la segunda gran característica, muy incómoda, del discurso utópico del autor.

2.3. La morada de los dioses

Después de ese espectacular número 15 de Miracleman en Inglaterra y 10 en España, Moore se encarga, ahora sí, de darle forma a su utopía. En su última entrega, narra los hechos que llevaron al HECHO (retomando a Van Djik) de la sociedad perfecta.

Ante la crisis que desata la muerte de la mitad de Londres, los dioses (ya identificados como tal) se reúnen y honran la memoria de los muertos en una orgía extraterrestre. Después, se dan a conocer públicamente y, utilizando el poder que les confiere su carácter superhumano (según Austin, para poder ejercer un acto de habla y un acto feliz, es necesario tener el poder de hacerlo, pues todo acto de habla es una relación de poder), obligan pacíficamente a los humanos a seguir sus medidas. En primera instancia, confiscan todas las armas y las arrojan al sol. Después, nivelan el ozono para que los rayos solares dejen de peligrar la vida del planeta. Posteriormente, Miracleman aparece en televisión para hablar del quinto elemento de la tierra: el dinero. “El dinero es una promesa, una promesa vacía”, nos dice. Es imaginario, sólo existe si creemos en él, al igual que Dios; como dice Benveniste, algo es real por el simple hecho de enunciarlo, pero esta realidad discursiva no necesariamente tiene que ser una realidad concreta. Así, al erradicar el dinero, los dioses establecen una suerte de comunismo, donde todo será gratis y aquellos que más trabajan recibirán un plus. (Si partimos del comunismo y de allí pasamos a la propiedad privada, entonces al volver al comunismo nos vemos destinados a repetir el ciclo).

Las drogas son despenalizadas y le son explicados sus efectos a la sociedad. Los criminales principales desaparecen con ello, y los que quedan, son controlados con dosis de adrenalina constante, para evitar su incidencia en el mal comportamiento. Ahora los drogadictos son figuras notables, pues llevan al extremo su autoconocimiento (un guiño de Moore a William. S. Burroughs, autor norteamericano que lo ha influenciado constantemente). Y todo ser humano adquiere la posibilidad de tener su alter ego superhumano. De ésta manera, al ser todos dioses, entonces todos dejan de serlo. Se hacen especiales para ser igual a los demás: la homogenización en la utopía. Sin embargo, como en todo sistema, hay grupos que se quedan al margen y protestan por la felicidad impuesta, por lo que los islámicos se alían con los cristianos y ciertas organizaciones subterráneas organizan revoluciones desde sus trincheras. Miracleman expresa su desdén hacia ellos diciendo que le gustaría “arrojarlos al sol”.

Antes de finalizar la historia, Miracleman visita a la que era su esposa y le ofrece conseguirle un cuerpo superhumano, para que así ambos estén equilibrados y puedan, al fin, estar juntos sin que la divinidad de uno sea barrera para el otro. La respuesta que recibe es: “… tú me pides que renuncie eso que tú has olvidado. Vete y no vuelvas jamás”.

En la última secuencia de Miracleman, el superhombre camina como el rey que es en su palacio, visita a sus amigos, besa a su pareja, y se va a tomar una copa de vino a la terraza. Todo parece perfecto: la sociedad, su vida, su casa, su traje... PERO (y este pero es importantísimo, pues rompe con la noción de perfección que se tiene, algo que sucederá en las otras novelas Moore) Miracleman, en su soledad, se pregunta por qué su ex esposa rechazó la oferta, porqué alguien se negaría a ser perfecto en un mundo perfecto. Y eso le preocupa.

¿Qué fue aquello a lo que renunció Miracleman? Renunció a Mike Moran, al humano que llevaba dentro. Optó por la perfección, por la divinidad. Miracleman, dentro de ello, se pregunta por qué alguien no lo haría, por qué hay personas que insisten en seguir siendo imperfectos, que son felices dentro de esa imperfección. Y es que, aún cuando los dioses dicen en alguna página que la humanidad se sobrevalora así misma con el llamado libre albedrío, lo cierto es que no pueden renunciar a ese derecho de hacer lo que se les venga en gana. Lo humano nos hace imperfectos, pero la perfección nos deshumaniza. Ésta es la hipótesis quizá predominante en el discurso de Alan Moore, y es también esa confrontación la que hace a toda utopía potencialmente fallida.

1 aportaciones:

  1. Estupendo post, sólo te faltaba hablar algo de los dibujantes. Que si empezó Alan Davis (porque fue él, ¿no? No lo recuerdo), que si siguió este o el otro, pero bueno, veo que te centras en Moore más que nada (aunque hayas mencionado a Garry Leach)
    Por cierto, has colocado justo las páginas que más me impactaron de crío cuando leí el tebeo. Bueno, falta la de "no te preocupes" cuando Miracleman le hace estallar la cabeza al crío, pero ya la has contado con palabras en la entrada. También tuvo bastante polémica la del nacimiento, cuando la mujer que no reniega de su humanidad da luza a la primera "diosa", ¿no?. Recuerdo también que en ese "paraíso utópico" había algunos que habían adoptado la figura de Kid Miracleman. Hace muchos muchos años que no lo he vuelto a leer y como ahora es imposible casi conseguirlo... En fin.. un buen post.

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